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Un acuerdo de libre comercio
amenaza las protecciones medioambientales costarricenses
Petrolizado
otra vez
9
de abril del 2004 |
Grist
Magazine |
Mark
Engler y Nadia Martínez
Cuando la gente piensa en Costa Rica no imagina plataformas
de petróleo en sus prístinas playas. Ni
tampoco prevé los pozos de minas que horadan
sus montañas cubiertas de nubes y bosques. Pero
a pesar de los notables esfuerzos de conservación
del país, sus paisajes y su extraordinaria diversidad
han enfrentado verdaderas amenazas de parte de las industrias
extractivas -y ahora se encuentran amenazadas por acuerdos
internacionales de comercio.
Hace
casi dos años los ciudadanos de Costa Rica y
los admiradores del país pensaron que tenían
razón para sentirse tranquilos. En mayo de 2002,
en respuesta a una gran movilización de los ambientalistas
del país, el Presidente Abel Pacheco anunció
una moratoria de la exploración de petróleo
y de la minería a cielo abierto en Costa Rica.
Los legisladores se encuentran actualmente trabajando
para dar apoyo congresional a la orden ejecutiva y derogar
leyes que exponen el país a las industrias extractivas.
Sin embargo, al menos un interés transnacional
no está conforme con estos hechos y su modelo
de descontento corporativo puede que pronto termine
con la posibilidad de una siesta de los activistas.
Harken Energy, una compañía petrolera
de Texas que tiene estrechos lazos con el Presidente
de EE.UU. George W. Bush, había obtenido previamente
derechos para la búsqueda del crudo en Costa
Rica. Antes de suspender una inspección del impacto
medioambiental en febrero de 20002, tenía planes
de perforar en el mar. Ahora Harken está demandando
al gobierno de Costa Rica por más de $12 millones
de dólares como compensación por sus abortadas
intenciones.
El 11 de marzo, Costa Rica anunció al mundo que
no aceptaría la propuesta de solucionar el asunto
sin ir a juicio, lo que significó otro golpe
para los intereses del petróleo.
Pero esa no fue la última palabra acerca del
asunto. Mientras la compañía está
considerando llevar al asunto a los tribunales internacionales,
la administración Bush está tratando de
obtener un tratado que haría de la demanda de
Harken algo más que una oscura disputa legal.
Ese tratado es el Acuerdo Centroamericano de Libre Comercio
(ACLC).
Al mismo tiempo que EEUU y los cinco países centroamericanos
trabajan para ratificar el ACLC, no son solo los ambientalistas
costarricenses y los petroleros de Texas los únicos
que están atentos a la actual disputa de Harken.
Observadores internacionales dicen que el caso se está
convirtiendo en la última advertencia de cómo
los acuerdos de "libre comercio" dan a las
corporaciones el poder de burlar las leyes locales en
defensa del medio ambiente.
Recordemos un poco
En 1994 la Asamblea Legislativa de Costa Rica aprobó
una ley de hidrocarburos como parte de una serie de
medidas destinadas a cumplir un Programa de Ajuste Estructural
patrocinado por el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional. La ley abrió el camino para que
las corporaciones extranjeras ganaran concesiones de
exploración petrolera. Subsiguientemente, una
compañía poco conocida con sede en Luisiana,
llamada MKJ Xploration ganó la licitación
para investigar en varios bloques de la costa caribeña
de la nación. La compañía vendió
posteriormente sus intereses a Harken Energy.
Residentes del área, pescadores, grupos indígenas
y ambientalistas supieron del negocio por los periódicos.
Pronto comprendieron que el primero de los muchos problemas
del plan era la violación del entorno local.
La perforación cerca de la costa, argumentaron,
dañaría los arrecifes coralinos y los
pantanos de mangle, y pondría en peligro la fauna
marina. Realizaron una larga batalla y una junta nacional
vino en su ayuda. Determinó que el plan de Harken
no era permisible bajo las leyes de impacto medioambiental
del país. Poco después, al rechazar la
apelación de Harken, la junta citó más
de 50 razones al explicar por qué la declaración
de impacto de la compañía no era aceptable.
Harken estaba furiosa. Al argumentar que ya había
invertido en Costa Rica más de $12 millones de
dólares en ese negocio, acudió a tratados
internacionales de inversión y demandó
a Costa Rica por $57 mil millones.
No hay equivocación. Harken quería $57
mil millones de dólares, cifra que dijeron representaba
el total de las ganancias proyectadas en el negocio
suspendido. El PIB anual de Costa Rica es de unos $17
mil millones, y el presupuesto total anual del gobierno
es de unos $5 mil millones.
A fines de septiembre de 2003, poco después de
que el Centro Internacional para la Solución
de Disputas de Inversiones, perteneciente al Banco Mundial,
notificara al gobierno costarricense de la reclamación
de Harken, Pacheco anunció que su país
no se sometería al arbitraje internacional. Se
negó a reconocer cualquier decisión tomada
por el organismo del Banco e insistió que el
sistema judicial costarricense era el lugar legítimo
para la disputa. Pocos días más tarde,
Harken retiró su demanda y trató de obtener
un acuerdo fuera de los tribunales.
En enero de este año el ex senador demócrata
por Nueva Jersey, Robert Torricelli , viajó a
San José para negociar a nombre de Harken. Por
esa época el gobierno costarricense parecía
complacido por eliminar el espectro de un costoso litigio
internacional. Sin embargo, grupos ambientalistas recibieron
a Torricelli con protestas frente al Ministerio de Medio
Ambiente. Argumentaron que las negociaciones eran una
forma de "extorsión petrolera" -que
Harken buscaba castigar al país por poner en
práctica sus leyes ambientalistas.
Ya sea que las protestas hayan funcionado o no -o, lo
que es más probable, que Costa Rica y Harken
no hayan podido llegar un acuerdo acerca de la suma
a pagar-, parece ahora que las conversaciones fracasaron.
El 11 de marzo el gobierno anunció su posición
de que Harken no tenía razones legales para exigir
compensación y que Costa Roca no estaba obligada
a pagar nada. La disputa, recién reinaugurada,
está en camino de regresar al arbitraje internacional
en un futuro cercano.
¿Sacrificar al alimentado ACLC?
Mientras
avanzaba el caso Harken, también lo hacía
el ACLC. En diciembre EEUU finalizó negociaciones
con Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua acerca
del acuerdo regional de libre comercio. Costa Rica,
que se había retraído debido a preocupaciones
por la privatización de las industrias públicas,
fue admitida en el acuerdo en enero. Ahora cada país
debe ratificar el tratado para que se convierta en ley.
Para los oponentes al ACLC, el caso Harken es un ejemplo
paradigmático de cómo usan las corporaciones
los acuerdos internacionales para obligar a los países
a eliminar las protecciones ambientalistas. Las protecciones
a las inversiones en el ACLC, que son similares a las
del notorio Capítulo 11 del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN), permiten
a las compañías realizar directamente
demandas en tribunales internacionales. Bajo el nuevo
argumento, Costa Rica no podría rechazar los
esfuerzos por ignorar a sus tribunales nacionales. En
su lugar, tendría que permitir que las deliberaciones
acerca de la astronómica "demanda de compensación"
de $57 mil millones de Harken pasaran al nivel internacional.
Independientemente de que tales reclamaciones corporativas
tengan éxito, la amenaza de una demanda judicial
multimilllonaria es suficiente para persuadir a muchos
países en desarrollo a evitar la puesta en práctica
de sus leyes en defensa del medioambiente. El ejemplo
del TLCAN demuestra que incluso los países poderosos
sucumben a lo que los activistas llaman "chantaje"
medioambiental. En un famoso caso de 1998, la Ethyl
Corporation demandó a Canadá por la prohibición
del MMT, un aditivo al combustible, por cuestiones de
salud pública. Canadá decidió derogar
su disposición ambientalista y pagar $13 millones
a Ethyl en vez de arriesgarse a tener que pagar $251
millones por daños.
Ante tales antecedentes, Australia se negó a
incluir una disposición en su acuerdo comercial
con EEUU que permitiría a los inversionistas
ignorar los tribunales nacionales y llevar las disputas
a los organismos internacionales. Pero eso es algo que
las naciones pobres, las cuales no pueden darse el lujo
de arriesgar perder el acceso a los mercados norteamericanos,
no tienen fuerza para hacer.
El representante comercial de EEUU, Robert Zoellick,
asegura que el ACLC contiene fuertes protecciones al
medio ambiente. Igualmente, el ministro costarricense
de Energía y Medio Ambiente, Carlos Manuel Rodríguez,
dice que el ACLC "representa una oportunidad para
(que Costa Rica) aplique su legislación ambiental".
Es cierto que el acuerdo incluye disposiciones para
que los ciudadanos presenten acusaciones relacionadas
con las violaciones a las leyes ambientales. Sin embargo,
aunque hay claras consecuencias por violar las disposiciones
de inversión del acuerdo, no existen mecanismos
claros que garanticen la acción en caso de denuncias
del público.
Además, el ACLC afectará los esfuerzos
legislativos por reforzar la prohibición de Pacheco
a las industrias extractivas. Grupos ambientalistas,
como la Federación Costarricense para la Conservación
del Medio Ambiente, han advertido que el ACLC complicaría
y hasta evitaría los esfuerzos por parte de la
asamblea en San José para derogar la ley de hidrocarburos
de 1994.
"Está claro que Costa Rica puede derogar
su ley de hidrocarburos. Pero bajo el texto final del
ACLC, las compañías petroleras estarían
autorizadas a demandar por ganancias perdidas",
dice Lori Wallach, directora de Vigilancia Comercial
Global en Ciudadano Público. "Además,
los gobiernos podrían reclamar que una derogación
infringiría sus derechos al acceso al mercado
en el sector de servicios".
Queda por ver si la legislatura costarricense continuará
sus planes de derogar la ley. Pero está claro
que el ACLC anuncia males para la protección
del ambiente en los países participantes. Si
una administración posterior decidiera prohibir
la perforación petrolera dentro de dos o tres
años, sería casi imposible implementar
la disposición.
Por supuesto, eso solo si el ACLC obtiene la ratificación.
En EEUU el acuerdo se enfrenta a una dura batalla en
el Congreso si la administración Bush trata de
que se apruebe en un año de elecciones.
Por su parte, en Costa Rica los legisladores comprometidos
con extender la tradición conservacionista del
país puede que no quieran arriesgarse a someter
sus leyes ambientales a la amenaza del ataque corporativo,
una amenaza que la actual disputa con Harken ha demostrada
que es bien real.
Mark Engler, escritor que vive en la Ciudad de Nueva
York, es comentarista de Foreign Policy in Focus. Se
le puede contactar por medio del sitio web http://www.democracyuprising.com
Nadia Martínez es Investigadora Asociada de la
Red de Energía Sostenible (www.seen.org), un
proyecto del Instituto para Estudios de Política
en Washington, D.C. Este artículo apareció
originalmente en Grist Magazine.--------------------------------------------------------------------------------
Traducido por Progreso Semanal.
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