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Opinión
Petróleo:
negocio oscuro, Tatiana Lobo
Progreso, sí; petróleo,
no, Carlos Cortés
Se acabó el tiempo del petróleo,
Eduardo Mora
La disyuntiva del petróleo,
Anacristina Rossi
Diálogo, errores y petróleo,
Rodrigo Carazo Odio
arriba
Petróleo:
negocio oscuro
Tatiana
Lobo
¿Por
qué Costa Rica, país ecológico, ha decidido
transformarse en país petrolero? ¿Lo decidieron
los ciudadanos, el pueblo, la sociedad civil? No. ¿Quién
lo decidió? Esto se parece al juego del dedito que
compró un huevito y el gordo se lo comió. En
la administración de Calderón Fournier se reformó
la vieja y patriótica Ley de hidrocarburos, para dejarla
a la medida y al gusto del capital extranjero. Después
Figueres Olsen se fue a Houston con el mapa de Costa Rica,
todo cuadriculado, bajo el sobaco, a subastar la soberanía.
Ahora, Miguel Angel Rodríguez firmó el contrato
con mkj-x (parece nombre de insecticida), de Louisiana, que
está haciendo exploraciones frente a Limón para
después seguir con la explotación. Todo el Caribe
Centro y Sur está entregado a la mkj-x.
Otras concesiones se negocian para el resto del país,
formando un gran anillo petrolero que rodea, en sus dos costas,
a la Cordillera Central. ¿Estamos ante una nuevo capricho
de nuestra economía? Al banano se le agregó
el turismo y al turismo, el petróleo. Este es un triángulo
incompatible que se lleva de las greñas, no se puede
sembrar banano junto a un pozo de petróleo ni es agradable
sumergirse en un mar lleno de manchas oleaginosas.
¿Quién pierde? ¿Se han dado cuenta los
costarricenses de lo que puede sucedernos? El petróleo
enriquece a quien lo saca y empobrece al país de donde
lo sacan: vean a Ecuador, Venezuela y México. Contamina
el agua de los ríos (otra contradicción, le
van a quitar al ice el agua limpia). Que el petróleo
se derrama y se incendia lo saben hasta los niños;
que intoxica, causa destrucciones irreparables a la naturaleza
y malforma el feto humano, lo saben los biólogos; que
cualquier estudio de impacto ambiental que diga lo contrario
es una farsa, lo afirmamos porque la selva tropical es muy
delicada y frágil, ¡no estamos en el Sahara!
Que, además, el petróleo es un fósil
de tecnología decimonónica superado por la energía
eléctrica y solar, lo sabemos todos aunque no entendamos
nada de tecnología. Entonces, si el petróleo
se está quedando anticuado, ¿dónde está
el negocio? El negocio, para el Gobierno, está en aprovechar
sus últimos bocanadas en la industria automotriz, poniéndolo
en baratillo, sin importarle que luego tengamos que seguir
viviendo –o muriendo– en un territorio arrasado.
Me gustaría que este crimen de lesa humanidad nos lo
explicara la Ministra del Ambiente y Energía, que hasta
ahora no ha dicho nada. Fue Rodolfo Méndez Mata quien
respondió a un recurso de amparo, contra el Minae,
que la comunidad de Talamanca presentó ante la Sala
Cuarta. Urge que se atienda a los clamores de la comunidad
antes de que surja la violencia; recordemos que hace pocos
años murieron cuatro ecologistas en circunstancias
que nunca se aclararon.
Explicaciones urgentes. Que Elizabeth Odio no se quede con
el apellido entre el ambiente y la energía. Que nos
diga lo que va a suceder con las zonas protegidas, los refugios
silvestres, los corredores biológicos, los parques
nacionales, las reservas indígenas. Que nos cuente
cuál fue el impacto social (alcoholismo, prostitución,
criminalidad) de las exploraciones Pemex-Recope. Que nos explique
por qué se mantiene en secreto la redacción
de los contratos de las licitaciones y por qué el Gobierno
protege la confidencialidad de la empresa petrolera, en lugar
de proteger la confianza de los costarricenses.
En fin, queremos conocer el espeso misterio que envuelve este
tremendo atentado contra nuestra mayor riqueza: agua limpia
y abundante, bosque denso, mares pródigos, flora y
fauna. Sacrificar toda esa enorme energía, ¡en
el año 2000!, por unos barriles de crudo, es más
que una estupidez inconcebible: es un suicidio territorial.
Tatiana
Lobo es escritora. Este texto apareció en La Nación.
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Progreso, sí; petróleo,
no
Carlos Cortés
Son harto dudosos los beneficios que pueda alcanzar la zona
atlántica al embarcarse en la incierta aventura de
la explotación petrolera. En el mejor de los casos
recibirá muy pocos ingresos a cambio del riesgo. En
el peor de los casos podría poner en peligro su mayor
riqueza: la flora y la fauna de la zona y su potencial ecoturístico.
Costa Rica es un país demasiado pequeño, frágil
y vulnerable como para lanzarse en esta empresa que va a contrapelo
de lo que hemos propugnado en la última década.
El camino está siendo trazado con éxito por
la biodiversidad, el turismo, la protección del medio,
la informática, la alta tecnología y todo lo
que signifique potenciar nuestros recursos.
Los cuestionamientos al proyecto no provienen de unos cuantos
ecologistas cabezas calientes, sino de los hoteleros y empresarios
turísticos que ven en el petróleo una amenaza
al modelo actual.
Casi sin darse cuenta, Costa Rica se puso de moda como paraíso
verde y empezó a mencionarse y fotografiarse en revistas
internacionales. En la actualidad somos uno de los principales
destinos en Latinoamérica. ¿Para qué
vamos a poner en riesgo nuestro capital verde a cambio de
un dudoso oro negro?
Además de estas consideraciones, hay que recordar que
Limón y la zona atlántica han sido un enclave
explotado y desarraigado del resto de la nación. Y
quizá por eso han desarrollado una cultura propia y
han permanecido relativamente intactos a la influencia externa.
Esto ha producido una diversidad biológica, social
y cultural que es indispensable preservar para siempre.
El autor es periodista y escritor, jefe de redacción
de La Nación de donde fue tomado esta nota.
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Se acabó el tiempo del petróleo
Eduardo Mora
A pesar de que la innovación tecnológica no
se genera en el Tercer Mundo y de que éste tampoco
es pionero en el cuidado del ambiente, Costa Rica –país
tercermundista– está queriendo probar al mundo
que el tiempo del petróleo (esta fuente energética
hoy primordial, esta fuente de desarreglo climático
fatal) está acabado. Y si lo que viene aconteciendo
en este país es expresión o muestra de un proceso
internacional, para la industria petrolera los años
están contados -sucederá antes de lo que muchos
especialistas han previsto.
Cuando en una situación de estabilidad (“normalidad”)
una sociedad tercamente rechaza una práctica que ha
venido siendo sustancial en su vida y a coro clama por autocriticarse,
para modificar conductas y sustituir aquella práctica,
usualmente es porque opciones reales están cuajando
o ya han cuajado -y esto puede ser constatado ahora a la vista
de las bastante adelantadas alternativas a los hidrocarburos.
En una situación tal no cabe acusar a la sociedad correspondiente
de histérica, desesperada o extremista. Así,
en este país, treinta organizaciones de base se han
coalicionado, sin directrices de nadie, rechazando la posibilidad
de explorar y abrir pozos en territorio nacional. Ese bloque
opositor está constituido por representantes de ascendentes
sectores de la economía que no chocan con la naturaleza
(turismo y agroforestería), representantes de identidades
culturales (indígenas) fortalecidas consonantemente
con la afirmación mundial de los derechos humanos y,
también, representantes de fuerzas sociales crecientemente
protagónicas (ecologismo y conservacionismo). Los actores,
pues, no son residuales, sino flamantes, fulgurantes y expresivos
del país y del mundo que viene y no del que se va,
y no gritan desesperanzadamente, sino que señalan y
proponen alternativas tecnológicas ya notablemente
experimentadas y desarrolladas. No son apocalípticos
sino vitales, que acusan de suicidas y mezquinas a las industrias
petrolera y automotriz.
Y el clamor y la presión de la coalición dicha
y de muchísimas personalidades y entes reconocidos
como portavoces, intérpretes u orientadores de vastos
sectores sociales, han sido secundados por el sistema judicial
costarricense al declarar que el permiso de exploración
y explotación otorgado a mkj-xploration viola la Constitución
y muchas otras leyes y también convenios internacionales,
procediéndose entonces a la anulación del acto
estatal de adjudicación de la concesión y obligando
a consultar, en lo que venga, a las comunidades indígenas
y a otras potencialmente afectadas. Este espaldarazo termina
–provisionalmente– de pergeñar el cuadro
de reluctancia nacional a la industria del petróleo.
No a muy distintas posiciones podía llegarse en un
país en que el turismo –y dentro de éste
el ecoturismo– se ha convertido en la primera actividad
económica generadora de divisas y en que la cuarta
parte del territorio, llena de vegetación primaria
y secundaria, está bajo protección estatal.
Hubiera sido pasmante que a estas alturas del tiempo que corre
(cambio climático galopante, creciente contaminación
del aire, inhabitabilidad urbana por el sobrerruedo de carros
y, también, ambientalismo ascendente y exhaltación
de la diversidad cultural y la participación ciudadana)
no se pusiera colectivamente el grito en el cielo ante el
intento de iniciar nacionalmente la explotación petrolera,
como si esto no significara afirmarnos más abyectamente
en nuestra vieja manía de machacar la naturaleza por
unos pesos, inviabilizando –por añadidura–
la vida humana.
El
autor, profesor y docente de la Universidad Nacional, es editor
de la revista mensual Ambien-tico de donde fue tomado este
texto.
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La
disyuntiva del petróleo
Anacristina
Rossi
El problema de la plataforma de exploración petrolera
que se quiere construir en Limón no es un riesgo de
derrame. El problema es que uno de los bloques está
dentro del refugio de vida silvestre de Gandoca-Manzanillo
y otro, muy cerca de los parques nacionales de Cahuita y Tortuguero,
y connotados científicos extranjeros y nacionales afirman
que la exploración pone en grave riesgo la riqueza
de esas áreas protegidas.
Nuestra costa caribeña es un sitio único en
el mundo por su diversidad biológica y cultural, declarado
biojoya por la famosa organización nrdc y patrimonio
de la humanidad por la unesco.
A los habitantes y amantes de Limón nos ha costado
gran esfuerzo lograr que esa costa se dedique al ecoturismo
y a la conservación. Este modelo de desarrollo no destructivo
apenas empieza y ya brinda el sustento a cientos de personas.
Bien manejados, el ecoturismo y la conservación están
llamados a ser la principal fuente de riqueza de Limón.
La belleza y la diversidad de la costa es un tesoro que apenas
se está empezando a explotar y debemos cuidarlo. Lo
grave es que la exploración petrolera lo puede arruinar
para siempre.
La exploración y explotación petroleras son
las principales actividades de un modelo de desarrollo que
tiene los años contados y que ha tenido impactos muy
graves para la salud del planeta. La humanidad tiene el tiempo
justo para encontrar alternativas energéticas al petróleo,
al que le quedan pocas décadas de vida. ¿Cómo
es posible que en esto Costa Rica le apueste al pasado y no
al futuro?
La autora es escritora y colabora con la campaña antipetrolera.
Esta nota apareció en La Nación.
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Diálogo,
errores y petróleo
Rodrigo
Carazo Odio
La exploración petrolera causa daños ambientales
de consideración. Como persona que ama la naturaleza
he observado y lamentado mucho tales perjuicios. Con el fin
de verificar lo que observé en Costa Rica, he prestado
atención a experiencias en otros países. Los
recientes informes sobre los datos por acciones petroleras
en Brasil y en Ecuador contribuyen a fortalecer mi criterio:
sacar un poco de petróleo no es pago para la destrucción
que ello genera.
Tonto sería de mi parte negar el daño causado.
Cuando los precios del petróleo llegaron a los altísimos
niveles que alcanzaron en los inicios de los años ochentas,
ello me motivó a impulsar la exploración petrolera,
que se inició en nuestra administración y se
prolongó a la siguiente.
Fui testigo de los esfuerzos hechos por quienes la realizaron
y siempre tendré muy presente sus desvelos. De lo ocurrido
a partir de mayo de 1982 no puedo, como es lógico,
dar fe.
Daños irreparables. Tiene razón don Gregorio,
no es conveniente embarcarse en una exploración petrolera
que causa daños irreparables. Después de las
enseñanzas derivadas de muchas experiencias en tantos
países, nuestro deber es aprender y no repetir errores.
Todo lo anterior me lleva a oponerme a esta nueva acción
petrolera que se ha emprendido en Costa Rica. Si a principios
de la década del 80 apenas se iniciaba el desarrollo
turístico en el país, hoy esa actividad ha alcanzado
niveles que jamás pudimos imaginar entonces.
Destruir
ahora el prestigio turístico de Costa Rica es un error
injustificable; por ello, entre muchas otras cosas, nos oponemos
a las exploraciones petroleras. Pero lo que tiene que ver
con el petróleo no sólo daña al bosque,
afecta a los habitantes de las zonas en que se desarrolla,
desequilibra la economía y causa problemas sociales
y humanos indescriptibles.
Alto precio. Dar cuenta de lo que se hizo es siempre deber
del ciudadano que ejerce cargos públicos, como también
resulta su deber comunicar sus pensamientos y evaluaciones.
Así como me siento orgulloso de no haber entregado
patrimonio nacional alguno a gestores extraños, veo
que el daño causado a la naturaleza por la exploración
petrolera fue un alto precio porque lo que se logró
fue nada; eso sí, nos enseñó mucho. Las
lecciones del daño nos obligan a no repetirlo.
Debemos recordar que aquella experiencia de exploración
petrolera se detuvo cuando el gobierno soberano de Costa Rica
lo creyó del caso, por cuanto era realizada por entidades
públicas. Ahora, con concesiones a empresas extranjeras,
esto no se podrá hacer, salvo que se corriera el riesgo
de exponerse a reclamos que podrían conducir al pago
de indemnizaciones.
La experiencia del pasado vale; por ello rechazamos toda exploración
minera y petrolera en Costa Rica.
Gracias por llamarme la atención sobre este particular
y por permitirme repetir, como lo haré siempre: ¡No
a la exploración minera ni petrolera!
El autor es expresidente de la República (1978-1982).
Texto tomado de La Nación.
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