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Una
historia de engaños
Texto tomado de escritos de Quince Duncan, escritor costarricense.
Vinieron de África y siguen hoy en esta tierra. Fueron
traídos como esclavos desde la época colonial.
Ya liberados, exploraron las costas como pescadores, venidos
del Caribe en busca del preciado carey, y así poblaron
el Caribe Sur. Protegieron las costas de la invasiones inglesas
y misquitas. Prueba de que esta rica región estuvo
influida por los Misquitos es el mismo nombre de Cahuita,
que en misquito significa punta de tierra, o el mismo nombre
de Talamanca que viene de la expresión “Talamalka”
que significa lugar de sangre, en conmemoración de
una gran batalla entre los invasores y los bribris.
La avasalladora invasión del emporio bananero marcó
una historia de engaño, despojo de tierra para los
indígenas y explotación. Ya para finales del
siglo xix gran parte de la población negra se ha integrado
a la comunidad bribri, asumiendo la identidad indígena.
Esta unión cultural posibilitó la resistencia,
como dijo un funcionario de la compañía bananera
que se quejaba de que “la gente que nos está
dando problemas aquí [Talamanca] son casi todos jamaicanos
y gente de afuera que se han establecido en nuestras tierras”
(carta de Blair a Chittenden, circa 1918).
La última inmigración vino de Jamaica y otras
islas para trabajar en la construcción de una vía
ferroviaria que le diera salida directa al Atlántico
al café costarricense. En 1927, la población
negra representaba un 4% de la población nacional.
La presencia de los afrodescendientes en la zona de Limón,
aporta de manera formidable a la conservación y al
equilibrio ecológico porque dentro de su cultura tienden
a convivir con la naturaleza. Las culturas negras e indígenas
limonenses son las principales responsables de haber conservado
el hábitat. Además, la riqueza agrícola
de la región es el resultado de la iniciativa de la
población negra, que trajo consigo los cocos, el ñame,
la yuca, la fruta de pan, los sesos vegetales y muchos otros
productos que implantaron en la zona.
La
población caribeña convirtió a la provincia
de Limón en una pequeña Jamaica, ocupando los
puestos más importantes de la estructura laboral, aprovechando
la ventaja de su conocimiento tecnológico y su dominio
del idioma inglés. Desarrollaron deportes tradicionales
del mundo de habla inglesa como el criquet, el boxeo y, posteriormente,
el béisbol. Mantuvieron su tradición oral heredada
desde África en sus cuentos populares como los de la
araña Anansi; cultivaron la música tradicional
antillana: el calipso; sus ritmos y danzas tales como la tradicional
cuadrilla, el mento, el reggae. Fundaron organizaciones de
lucha y mutualistas.
La gente afrocaribeña, por la ocupación permanente
de un territorio y por su aporte significativo a la economía,
a la diversidad de cultivos y a la conservación del
hábitat natural, constituye un pueblo con derecho a
mantener sus rasgos particulares y a beneficiarse de ellos.
Tienen derecho a seguir contribuyendo para mantener a Limón
como bastión del equilibrio ecológico. Esto
tiene que ver con la sobrevivencia misma de nuestra nación.
Hoy la cultura afro sigue siendo fiel a esa tradición.
Con la oposición firme y enérgica a que esta
región sea un nuevo enclave, ahora petrolero, la cultura
afro demuestra su sabiduría y su compromiso con el
ambiente y su propia cultura.
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